La tentación en el desierto

Jesús acaba de ayunar cuarenta días en el desierto, hambriento y solo, cuando el diablo llega con tres ofertas, cada una dirigida precisamente a lo que él realmente necesita en ese momento: comida, seguridad y poder. Rechaza las tres, respondiendo a cada tentación de la misma manera —con una sola línea de la Escritura.
The Temptation in the Desert
¿Te gustaría la serena firmeza de la Tentación vigilando tu propio hogar? The Temptation in the Desert

Tentado en el punto de una necesidad real

Mateo es específico sobre el momento: Jesús acaba de pasar cuarenta días y noches ayunando en el desierto, y "después de hacer un ayuno de cuarenta días y cuarenta noches, al fin sintió hambre" (Mateo 4:2, Biblia de Jerusalén) —una manera comedida de decirlo que prepara exactamente por qué la primera tentación golpea donde golpea. "Y acercándose el tentador, le dijo: Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en panes" (Mateo 4:3, Biblia de Jerusalén). No es una prueba abstracta. Apunta directamente a un hambre genuina y física, presentada como una solución sencilla y privada que no dañaría a nadie.

Una sombría pintura de una figura solitaria y agotada sentada sobre rocas en un paisaje desértico al atardecer, con las manos entrelazadas en actitud pensativa.

Iván Kramskói, "Cristo en el desierto," 1872 — dominio público.

El escenario importa tanto como el momento. Mateo cuenta que Jesús fue "conducido por el Espíritu al desierto, para ser tentado por el diablo" (Mateo 4:1, Biblia de Jerusalén) justo después de el bautismo de Jesús, donde una voz del cielo acababa de proclamarlo Hijo amado de Dios. Las primeras palabras del diablo en el desierto —"Si eres Hijo de Dios"— retoman esa misma proclamación y la convierten en pregunta, invitando a Jesús a demostrar lo que ya se había afirmado públicamente. Los cuarenta días también recuerdan los cuarenta años que Israel vagó por el desierto tras el Éxodo, y el propio ayuno de cuarenta días de Moisés en el Sinaí —un paralelismo deliberado que presenta a Jesús volviendo sobre el mismo terreno de prueba donde Israel había fallado, y saliendo victorioso donde el pueblo elegido no lo logró.

La Escritura usada como arma, y como escudo

La segunda tentación intensifica la estrategia: el diablo lleva a Jesús al punto más alto del Templo y lo reta a arrojarse abajo, citando el Salmo 91 para argumentar que los ángeles lo sostendrían (Mateo 4:5-6, Biblia de Jerusalén) —convirtiendo la Escritura misma en el instrumento de la tentación. La respuesta de Jesús no rechaza el versículo; añade otro: "También está escrito: No tentarás al Señor tu Dios" (Mateo 4:7, Biblia de Jerusalén). Cada tentación en esta escena se responde de la misma manera —no con el razonamiento propio de Jesús, sino con una línea directa de Deuteronomio, enfrentada y respondida en sus propios términos.

Las tres respuestas de Jesús, hay que notarlo, provienen de la misma sección breve del Deuteronomio —los capítulos seis y ocho, parte de las instrucciones de Moisés a Israel antes de entrar en la Tierra Prometida, advirtiendo al pueblo que no olvidara a Dios una vez saciada el hambre y asegurado el poder—. Jesús no busca versículos sueltos aquí y allá; responde a cada oferta desde un único pasaje, centrado precisamente en recordar a Dios en esos momentos —hambre, seguridad, prosperidad— en que resulta más fácil olvidarlo. Esa coherencia sugiere algo deliberado: no era un hombre buscando bajo presión el versículo adecuado, sino alguien que ya había hecho de esas palabras parte de su forma de pensar.

Una oferta sin ángulo oculto

La tercera tentación abandona toda pretensión de sutileza: "otra vez le llevó el diablo a un monte muy alto, le muestra todos los reinos del mundo y su gloria, y le dice: Todo esto te daré si postrándote me adoras" (Mateo 4:8-9, Biblia de Jerusalén). Es el intercambio más directo ofrecido en todo el relato —poder total, a cambio de una adoración desviada de Dios. La respuesta de Jesús es la más afilada de las tres: "Apártate, Satanás, porque está escrito: Al Señor tu Dios adorarás, y sólo a él darás culto" (Mateo 4:10, Biblia de Jerusalén).

Lo que sucede una vez terminada la prueba

La escena se cierra de manera casi apacible: "Entonces el diablo le deja. Y he aquí que se acercaron unos ángeles y le servían" (Mateo 4:11, Biblia de Jerusalén) —un desenlace tranquilo tras tres confrontaciones crecientes. La tradición cristiana, en particular durante la Cuaresma, ha leído desde hace mucho este pasaje menos como una historia sobre resistir un mal obvio y más como un patrón para la tentación real en general: ofertas que apuntan a una necesidad auténtica, argumentos que toman prestado el lenguaje de la fe misma, y una respuesta que se apoya en algo ya dado en lugar de una respuesta inventada en el momento.

La versión de Lucas del mismo episodio cambia un detalle que vale la pena señalar: coloca la prueba del Templo en segundo lugar y el monte de los reinos al final, cerrando la secuencia en Jerusalén en vez de en pleno desierto —una elección que encaja con el interés más amplio de Lucas por Jerusalén como la ciudad donde la historia de Jesús se resolverá finalmente, en su muerte y resurrección. Lucas añade además una nota breve e inquietante que Mateo omite: el diablo se apartó de Jesús solo "hasta un tiempo oportuno" (Lucas 4:13, Biblia de Jerusalén), señal de que aquel enfrentamiento en el desierto no fue un episodio cerrado, sino el primer asalto de una lucha que volvería a aparecer antes del final.

Por qué esta escena da forma a la Cuaresma

La Iglesia ha trazado desde siempre una línea directa entre estos cuarenta días en el desierto y los cuarenta días de la Cuaresma, el tiempo penitencial de ayuno y oración que se vive cada año antes de la Pascua. La conexión no es casual —la Cuaresma está pensada, deliberadamente, como una invitación a recorrer el mismo desierto que recorrió Jesús, enfrentando las mismas categorías de tentación en formas más pequeñas y cotidianas: el tirón de la comodidad física, el deseo de un gesto espectacular en vez de una confianza silenciosa, y el atractivo de los atajos hacia la seguridad o el prestigio. Leída así, la tentación en el desierto no es simplemente un relato de lo que le ocurrió a Jesús una vez, en un lugar. Se recuerda cada año como un modelo para afrontar las tentaciones ordinarias que regresan, de una forma u otra, a todos.

Trivia

¿Cuál fue la primera tentación, y por qué importaba?
Después de cuarenta días de ayuno, "acercándose el tentador, le dijo: Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en panes" (Mateo 4:3, Biblia de Jerusalén) —apuntando a Jesús justo en el punto de su hambre física, usando una necesidad real e inmediata como punto de presión.
¿Cuál fue la segunda tentación?
El diablo lleva a Jesús al punto más alto del Templo y lo reta a arrojarse abajo, citándole la Escritura para argumentar que los ángeles lo salvarían (Mateo 4:5-6, Biblia de Jerusalén) —una tentación a forzar la mano de Dios mediante un espectáculo público en lugar de confiar en él tranquilamente.
¿Cuál fue la tercera tentación?
Una oferta de "todos los reinos del mundo y su gloria" a cambio de adorar al diablo (Mateo 4:8-9, Biblia de Jerusalén) —la oferta más directa de las tres, cambiando el poder último por la lealtad.
¿Cómo respondió Jesús a cada una?
Con la Escritura en cada ocasión —"está escrito" precede a cada una de sus tres respuestas (Mateo 4:4, 4:7, 4:10, Biblia de Jerusalén)— enfrentando cada tentación no con un argumento ingenioso propio, sino con una línea ya dada en las Escrituras hebreas.
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