El Sermón del Monte

Un maestro que se sienta antes de hablar
Mateo introduce la escena casi sin ceremonia: "Viendo la muchedumbre, subió al monte, se sentó, y sus discípulos se le acercaron" (Mateo 5:1-2, Biblia de Jerusalén). Sentarse era la postura reconocida de un maestro en aquella cultura, no una elección casual —y Mateo tiene cuidado de señalar que, aunque hay una multitud presente, Jesús se dirige específicamente a sus discípulos. Lo que sigue se enmarca menos como un anuncio público que como instrucción para quienes ya habían decidido seguirlo.
Carl Bloch, "El Sermón del Monte," 1877 — dominio público.
Bendición antes de exigencia
En lugar de abrir con reglas, Jesús abre con las Bienaventuranzas —una secuencia de bendiciones que invierte las expectativas ordinarias sobre quién debería considerarse afortunado: "Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos. Bienaventurados los mansos, porque ellos poseerán en herencia la tierra. Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados. Bienaventurados los que tienen hambre y sed de la justicia, porque ellos serán saciados. Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia. Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios. Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios. Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los Cielos" (Mateo 5:3-10, Biblia de Jerusalén). Cada línea nombra una condición que normalmente se leería como una desventaja —el duelo, la mansedumbre, el hambre, la persecución— y la empareja con una promesa. Todavía no se le pide nada al oyente. La bendición llega primero.
Sal, luz, y una ley llevada más lejos, no descartada
Justo después de las Bienaventuranzas, Jesús se vuelve hacia la multitud y les dice sin rodeos para qué sirven: "Vosotros sois la sal de la tierra... Vosotros sois la luz del mundo. No se puede ocultar una ciudad situada en la cima de un monte" (Mateo 5:13-14, Biblia de Jerusalén). Es un elogio extraño a primera vista —la sal y una ciudad en lo alto de un monte no son imágenes obviamente halagadoras—, pero ambas apuntan a lo mismo: la utilidad y la visibilidad no son extras opcionales para quienes lo escuchan, son el sentido mismo de aquello a lo que los llama.
A partir de ahí el sermón entra en lo que los estudiosos suelen llamar las "antítesis" —seis dichos, cada uno con el mismo patrón: "Habéis oído que se dijo... Pero yo os digo...". Jesús toma mandamientos que la multitud ya conocía (no matar, no cometer adulterio, no romper un juramento) y va más allá del acto externo hasta la disposición interior que lo provoca —la ira antes del homicidio, la lujuria antes del adulterio, las medias verdades evasivas antes de los juramentos rotos. Este es también el pasaje que contiene los dichos más exigentes sobre poner la otra mejilla y amar a los enemigos: "Pero yo os digo: amad a vuestros enemigos y orad por los que os persiguen" (Mateo 5:44, Biblia de Jerusalén), una línea que los primeros escritores cristianos ya reconocían como una de las más exigentes de todo el sermón.
Oración, ayuno, y una frase que la Iglesia sigue rezando a diario
La sección central del sermón se vuelve hacia la práctica religiosa —la limosna, la oración y el ayuno— y critica hacerlas para el público en vez de para Dios. Es aquí donde Jesús da a sus discípulos las palabras que se convertirían en la oración más repetida de la historia cristiana, abriendo con sencillez: "Vosotros, pues, orad así: Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre" (Mateo 6:9, Biblia de Jerusalén). El Padrenuestro, como se lo conoce, es lo bastante breve como para memorizarlo en un momento, y se ha rezado, casi sin cambios, en cada misa católica y en casi todas las tradiciones cristianas durante casi dos mil años —un caso poco frecuente de un solo pasaje de este sermón que se ha convertido en práctica diaria y hablada, y no solo en texto leído.
El sermón continúa con advertencias contra la ansiedad por las necesidades materiales ("no os preocupéis por vuestra vida"), una prevención contra juzgar a los demás, y la conocida instrucción que suele llamarse la Regla de Oro, junto con la enseñanza sobre la puerta estrecha y la diferencia entre profetas verdaderos y falsos, "conocidos por sus frutos". Se cierra con la parábola de los constructores sabio y necio —uno que edifica su casa sobre roca, el otro sobre arena— una imagen final y concreta que ata todo el sermón a su verdadera exigencia: no solo escuchar estas palabras, sino ponerlas en práctica.
Por qué importó la reacción de la multitud
Mateo cierra el sermón con un detalle fácil de pasar por alto: "la gente quedaba asombrada de su doctrina; porque les enseñaba como quien tiene autoridad, y no como sus escribas" (Mateo 7:28-29, Biblia de Jerusalén). La comparación con los maestros religiosos de la época no era incidental —marcaba una diferencia real y notable en cómo enseñaba Jesús, sin citar ninguna autoridad superior para respaldar sus afirmaciones porque hablaba como quien ya llevaba una consigo. Ese contraste, tanto como cualquier línea del sermón, es la razón por la que Mateo registra la reacción de la multitud como asombro y no como simple aprobación.
Trivia
¿Dónde y a quién se dio el Sermón del Monte?
¿Qué son las Bienaventuranzas?
¿Cómo reaccionó la multitud al sermón?
¿Es el Sermón del Monte un discurso continuo?






