Beata Alexandrina de Balazar
Un salto desde una ventana
Alexandrina Maria da Costa nació el 30 de marzo de 1904, en la parroquia de Balazar, cerca de Póvoa de Varzim, en el norte de Portugal, la segunda de tres hijas de una familia campesina pobre. Su padre murió cuando ella era todavía pequeña, dejando a la madre criar sola a las niñas en buena medida, y la propia Alexandrina empezó a trabajar desde muy joven, primero en el servicio doméstico y más tarde en una fábrica textil local, la clase de infancia rural sin nada de excepcional que compartían tantas niñas en el Portugal de comienzos del siglo XX.
Fotografía de la iglesia parroquial de Balazar, Portugal, asociada con la Beata Alexandrina Maria da Costa —utilizada aquí como sustituto honesto de una fotografía de época de la propia Alexandrina, cuyo estatus de derechos de autor no pudo confirmarse como dominio público.
Su infancia dio un giro decisivo a los catorce años, en 1918, cuando tres hombres irrumpieron en la casa de su familia con intención de agredirla mientras su madre y su hermana estaban fuera. En lugar de someterse, saltó por una ventana de la planta alta. La caída en sí no fue mortal, pero desencadenó una parálisis progresiva que, con el tiempo, la confinó a la cama durante aproximadamente las tres décadas siguientes de su vida —el resto de su vida, como resultó, aunque nadie podía saberlo entonces. En los años inmediatamente posteriores a la caída se sometió a varios tratamientos médicos sin éxito, ninguno de los cuales le devolvió el uso de sus extremidades.
Es el tipo de historia de origen que ya resultaría extraordinaria por sí sola: la decisión tomada en una fracción de segundo por una adolescente para escapar de la violencia, que le costó el uso de su cuerpo durante el resto de una larga vida. La parálisis no llegó de golpe —los relatos la describen agravándose a lo largo de los años siguientes, pasando de la dificultad para caminar a la inmovilidad total hacia sus veintipocos años, un declive lento que le dio tiempo a Alexandrina para asimilar del todo en lo que se convertía su vida, incluso mientras todavía se desarrollaba. Los médicos de la época no pudieron ofrecer cura alguna, ni mucha explicación más allá del trauma físico de la propia caída, dejando a su familia al cuidado de una hija postrada en cama sin perspectivas de mejora.
Lo que vino después es donde la historia de Alexandrina se vuelve genuinamente inusual, incluso para los estándares de la historia devocional católica. Lejos de amargarse tras décadas de confinamiento, se la recuerda por haber reformulado poco a poco su sufrimiento como algo que podía ofrecer en unión con el propio sufrimiento de Cristo en la cruz —una práctica devocional con raíces profundas en la espiritualidad católica, a veces llamada espiritualidad de "alma víctima", en la que el sufrimiento físico o emocional se une conscientemente al sufrimiento redentor de Cristo en lugar de simplemente padecerse. Es un marco teológico, no una afirmación de que el sufrimiento sea bueno en sí mismo, y marcó todo lo que vino después en su vida.
Reviviendo la Pasión, cada viernes
Antes de que comenzaran las experiencias de los viernes, Alexandrina vivió lo que ella misma describió como un intercambio místico con Cristo en 1936, tras el cual su sentido de propósito espiritual se agudizó notablemente; llegó a ver su parálisis no simplemente como una desgracia que soportar, sino como una forma de sufrimiento de alma víctima, unida deliberadamente a la propia Pasión de Cristo y ofrecida por la conversión de los pecadores. Ese marco teológico —el sufrimiento entendido como algo que puede unirse espiritualmente al sufrimiento redentor de Cristo en lugar de desperdiciarse— se inscribe en una corriente reconocida de la tradición devocional católica, aunque es cuestión de piedad y vocación espiritual personal, y no de dogma definido por la Iglesia.
A partir del 3 de octubre de 1938, y hasta el 24 de marzo de 1942, Alexandrina, según se relata, revivió físicamente la Pasión de Cristo cada viernes —un fenómeno que, a diferencia de muchas experiencias místicas privadas, quedó documentado como un suceso repetido y presenciado por testigos, no algo reportado únicamente por la propia Alexandrina después de los hechos. Junto a esto, se dice que recibió estigmas invisibles: las heridas de la Pasión experimentadas sin que apareciera marca visible alguna en su piel. Ese detalle importa y no debe pasarse por alto, porque distingue su caso de las historias de estigmas más comúnmente contadas, que involucran heridas visibles, como las registradas para su contemporáneo Padre Pío —los propios registros de la Iglesia sobre Alexandrina son específicos en que no hubo tales marcas visibles.
Trece años, y los registros de un hospital
A partir del 27 de marzo de 1942, y hasta su muerte, Alexandrina, según se relata, no consumió absolutamente nada excepto la Eucaristía que recibía a diario. Este tipo de afirmaciones —santos que se dice sobrevivieron largos períodos sin alimento ordinario— aparecen en otros episodios de la historia católica, y muchas de ellas descansan sobre evidencia mucho más endeble que la que existe para Alexandrina. Las autoridades eclesiásticas no aceptaron sin más la afirmación; organizaron una observación clínica supervisada de 40 días en el Hospital de Foce do Douro, en Oporto, del 10 de junio al 20 de julio de 1943, durante la cual los médicos la vigilaron directamente y no reportaron ingesta de alimento ni agua más allá de la Comunión.
Se trata de una investigación inusualmente bien documentada en comparación con muchas tradiciones similares de "santos en ayuno", y conviene decir con claridad por qué importa: no es una historia que sobrevive solo por el relato piadoso de generaciones posteriores, sino una indagación clínica contemporánea y documentada, llevada a cabo por una institución con todos los motivos para ser escéptica. Aun así, debe describirse con precisión —según los registros de aquella observación clínica de 1943, no como un hecho científicamente zanjado ni como un milagro definido formalmente. El propio proceso de beatificación de la Iglesia lo trata como un fenómeno extraordinario y minuciosamente documentado, no como una prueba que exija el asentimiento de nadie.
Beatificación
Alexandrina murió el 13 de octubre de 1955, en Balazar, el pueblo donde había pasado casi toda su vida, todavía postrada en cama, dependiendo aún solo de la Comunión diaria, treinta y siete años después de la caída que cambió el rumbo de su vida. Fue declarada Venerable el 12 de enero de 1996, y beatificada por el Papa Juan Pablo II el 25 de abril de 2004, en una ceremonia celebrada en Fátima y no en Roma —una elección deliberada que vinculó su beatificación al santuario mariano más famoso de Portugal. Una frase muy repetida que describe su "secreto de santidad" como el amor a Cristo suele atribuirse a la homilía de beatificación de Juan Pablo II, pero su redacción exacta no pudo confirmarse contra una cita precisa aquí, así que conviene tratar esa frase concreta como una paráfrasis del sentimiento general y no como una cita directa verificada.
Su causa de canonización sigue abierta, lo que significa que el proceso formal que podría llevar algún día a su santidad —que exige, según el procedimiento actual de la Iglesia, un milagro atribuido a su intercesión y confirmado por el Vaticano— todavía no ha concluido.
Fiesta y devoción
Su fiesta se celebra el 13 de octubre, fecha de su muerte. Alexandrina no tiene un patronazgo vaticano formalmente asignado, pero es invocada popularmente por los enfermos, por personas paralizadas o con discapacidad, y en relación con la pureza juvenil —asociaciones devocionales y populares, no un título oficial, y conviene nombrarlas como tales. Su historia se sitúa en una intersección poco común para una santa moderna: un acto documentado de autopreservación siendo adolescente, seguido de décadas de sufrimiento que la propia Iglesia decidió estudiar en lugar de simplemente aceptar, y una vida que terminó en la misma pequeña parroquia portuguesa donde había comenzado.






