La Asunción de la Santísima Virgen María
Una creencia más antigua que su definición
Mucho antes de que ningún papa declarara la Asunción dogma formal, la creencia de que María había sido llevada corporalmente al cielo al final de su vida ya estaba profundamente arraigada en la devoción cristiana, tanto en Oriente como en Occidente. Relatos apócrifos que describían el suceso, a veces llamados textos del Transitus Mariae, circulaban ya en los siglos V y VI, y por esa misma época se celebraban en distintas formas, por todo el mundo cristiano y en particular en Oriente, fiestas que conmemoraban la partida de María de la vida terrena —lo que allí se conoció como la Dormición, su sueño final.
El Greco, La Asunción de la Virgen, 1577–1579 — dominio público.
Lo que hace históricamente singular esta creencia no es tanto un texto antiguo concreto que la describa, sino un silencio notorio y persistente en el registro histórico sobre la cuestión contraria: ninguna ciudad del mundo cristiano antiguo reclamó jamás poseer los restos corporales de María, y ninguna tumba suya llegó nunca a venerarse del modo en que sí ocurrió con los apóstoles y otros santos tempranos, cuyos sepulcros se convirtieron en grandes centros de peregrinación al cabo de pocas generaciones. Algunos escritores cristianos antiguos señalaron ese silencio como una especie de prueba en sí misma, una ausencia que una Iglesia antigua, tan bien conectada y consciente de su propia memoria, difícilmente habría permitido si en verdad hubiese existido una tumba ordinaria.
De la devoción a la definición
La fiesta de la Asunción de María se extendió por la Iglesia oriental y occidental a lo largo de los siglos siguientes, quedando firmemente asentada en Roma ya en el siglo VII, y hacia la Edad Media la doctrina, aunque todavía no definida formalmente, era prácticamente universal en la vida devocional y teológica católica. Grandes teólogos medievales, entre ellos Santo Tomás de Aquino, escribieron sobre ella como una verdad ya aceptada, incluso sin una definición papal formal que obligara a creerla.
El impulso hacia una definición dogmática oficial cobró fuerza real en los siglos XIX y XX, tras la definición de 1854 de la Inmaculada Concepción, la libertad de María del pecado original desde el momento mismo de su concepción. Las peticiones a Roma pidiendo una definición formal de la Asunción llegaron, en número creciente, de obispos, comunidades religiosas y fieles laicos a lo largo de las décadas siguientes, sobre todo después de que las visiones de Lourdes en 1858 y, más tarde, de Fátima en 1917, intensificaran la devoción mariana popular en todo el mundo católico.
Munificentissimus Deus
El Papa Pío XII, tras consultar a los obispos católicos del mundo entero y recibir una respuesta abrumadoramente favorable, definió formalmente la Asunción como dogma el 1 de noviembre de 1950, en la constitución apostólica Munificentissimus Deus, «El Dios Generosísimo». La ceremonia tuvo lugar ante una multitud inmensa reunida en la Plaza de San Pedro, uno de los actos papales más grandes y solemnes del siglo XX.
La definición en sí misma es cuidadosa, incluso deliberadamente reservada, en ciertos detalles. Declara que María, «terminado el curso de su vida terrena», fue «asunta en cuerpo y alma a la gloria celestial», pero se abstiene de precisar si María llegó a morir realmente antes de esa asunción, dejando abierta esa cuestión concreta a la discusión teológica en lugar de zanjarla dogmáticamente. Esto reviste una importancia notable, porque fue la primera vez en la historia de la Iglesia que un papa invocó de forma expresa el poder de la infalibilidad papal tal como había sido definido formalmente en el Concilio Vaticano I en 1870, un poder que exige que el papa hable de manera deliberada y formal sobre una cuestión de fe o moral vinculante para toda la Iglesia, y sigue siendo, hasta hoy, la única vez que se ha ejercido ese poder de forma tan precisa.
Fundamento teológico, no un texto bíblico directo
Como ningún pasaje bíblico describe la Asunción de forma directa, los teólogos católicos han fundamentado la doctrina, en general, no en un relato explícito de la Escritura sino en la lógica más amplia del lugar único que ocupa María en la historia de la salvación. Su libertad del pecado original, definida en la Inmaculada Concepción, significaba también su libertad de la consecuencia del pecado que la Escritura asocia con la corrupción del cuerpo tras la muerte. Su asunción se entiende, bajo esta luz, como una anticipación, concedida a ella sola entre los seres humanos comunes, de la resurrección corporal que todos los cristianos esperan al final de los tiempos, una doctrina que evoca la imagen del Libro del Apocalipsis de una mujer vestida de sol, una imagen que la Iglesia aplica desde hace mucho tiempo a María en sentido devocional, aunque no estrictamente exegético.
Las tradiciones cristianas orientales, incluidas las iglesias ortodoxas, que nunca adoptaron el lenguaje dogmático católico específico de Munificentissimus Deus, comparten sin embargo una creencia sorprendentemente similar en la Dormición, sosteniendo en general de forma más explícita que María murió realmente antes de ser llevada a la gloria celestial, un matiz de énfasis que distingue a la tradición oriental de la occidental, aun cuando ambas afirman el mismo suceso esencial.
Una gran fiesta en todo el calendario
La fiesta de la Asunción, celebrada el 15 de agosto, figura entre las solemnidades más importantes del año católico y sigue siendo fiesta de precepto en numerosos países, donde se exige a los católicos asistir a Misa ese día aunque no coincida con domingo. En muchas naciones de tradición católica, la fiesta es también festivo civil, marcada por procesiones, peregrinaciones y fiestas regionales que son muy anteriores a la definición dogmática de 1950 y que siguen atrayendo cada año a multitudes enormes, un recordatorio vivo de cuánta vida devocional se había desarrollado ya en torno a esta creencia siglos antes de que Roma la declarara formalmente.





